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cuento

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¡Había una vez una sequía tan pero tan larga que hasta las vacas daban leche en polvo!

Erase una vez, un cuento sin final feliz.

La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido.

Bruno Martorelli

Bruno Martorelli.
De pibe soñaba con ser detective privado, superhéroe, antropólogo o tener una panadería. Pero una panadería con tuti, eh! Que aparte de lo dulce venda empanadas, tartaletas, sanguches de milanesa y chipá.
Con ese apellido, decía: “voy a resolver crímenes, salvar a la humanidad, yo voy a hacer cosas grandes”. Bueno no.
Hoy trabaja en computación, a veces modela para la casa de ropa “El ancho Peuchele”, y a fin de año hace de Papá Noel en el Alto Palermo.
Desde luego que se hace el vivo con la gente que no sabe nada de computación y les arranca la cabeza. Nada tiene que ver el resentimiento que acarrea en sus hombros sino que más bien es por aquella máxima que reza: Los técnicos en computación son los nuevos mecánicos de autos: vuelteros y chorros.

Eloísa Sánchez de Bustamante

Eloísa Sánchez de Bustamante
7ma hija no varón de una familia aristocrática de San Andrés de Giles.
Al cumplir 15 años, la tradición acérrima de tal respingada familia era la de pasearse sobre un animal horrendo y exótico. A Eloisa le tocó, bailar el vals con (y sobre) Juancho, el avestruz más pintón y sin vergüenza del poblado.
Dice la leyenda que al bajase, —justo-justo después de que Magrio, su padrastro y fiel chofer, sacara la eterna estampa— el vivaracho animal le pico una teta con su tenás pico tipo morseta.

Eloísa arrojó la risa: “Uojojo”, llevándose una mano a la boca y la otra a su seno mordisqueado.

“Ahí los tenés a los pelotudos”, habría gritado, Don Ramiro, el lechero, que pasaba por allí.

Pero ese exabrupto no era su habitual mote, todos en el pueblo los llamaban: “Los excéntricos Sánchez de Bustamante”.

¡Qué capos!