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Conjunto de normas para triunfar en una sociedad compleja y en crisis perteneciente a la prosa didáctica del escritor Baltasar Gracián

Baltasar Gracián: Arte de Prudencia y otras citas

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Conjunto de normas para triunfar en una sociedad compleja y en crisis perteneciente a la prosa didáctica del escritor Baltasar Gracián

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Baltasar Gracián: Arte de Prudencia y otras citas

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Tres cosas hacen un prodigio, y todas son el mayor regalo de la Suma Generosidad: rico ingenio, juicio profundo y un buen gusto. Imaginar adecuadamente es una gran ventaja, pero lo es mayor pensar correctamente y tener un entendimiento del bueno. El ingenio no debe estar en el esfuerzo: sería más laborioso que agudo. Pensar bien es el resultado de la racionalidad. A los veinte años reina la voluntad, a los treinta el ingenio, a los cuarenta el juicio. Hay entendimientos que desprenden luz como los ojos del lince: piensan mejor en la mayor oscuridad. Los hay de ocasión: siempre se dan con lo más a propósito. Reciben mucho y bien: una fecundidad felicísima. Pero un buen gusto da sal a toda la vida.

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Actuar siempre como si nos vieran.
El prudente considera que le miran o que le mirarán. Sabe que las paredes oyen y que lo mal hecho acaba saliendo a la luz. Aunque esté solo, actúa como si todo el mundo le viera, porque sabe que todo se sabrá. Mira ya como testigos a los que, cuando se enteren, lo serán después. Quien desea que todos le vean no se preocupa de que desde fuera le puedan observar en su casa.

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No presumir, sino hacer.
Se fingen muy ocupados los que no tienen en qué. Lo convierten todo en misterio sin ninguna gracia; son camaleones que se alimentan de aplausos, provocando mucha risa. Si la vanidad siempre causó enfado, aquí risa: las hormiguitas del honor van mendigando hechos. El sabio no debe hacer ostentación ni de sus más importantes cualidades: hay que contentarse con hacer y dejar para otros el hablar. Que haga cosas, pero que no las pregone. No hay que alquilar una pluma de oro para que escriba sucias mentiras que nadie cree. Mejor es aspirar a ser un héroe que aspirar únicamente a parecerlo.

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Corriente, pero no indecente.
La cortesía nos pide no parecer siempre serios o enfadados. Para ganar la estima de los demás hay que ceder algo del decoro. Alguna vez se puede hacer lo que los demás, pero sin indecencia: a quien se considera necio en público no se le tendrá por prudente en secreto. Se pierde más en un día de fiesta que lo que se ganó con seriedad. No hay que ser siempre una excepción: singularizarse es condenar a los otros. Ni hay que ser melindroso, como una mujer. Incluso los melindres religiosos son ridículos. Lo mejor de un hombre es parecerlo: la mujer puede fingirse hombre a la perfección, pero no al revés.

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No descuidarse nunca.
A la suerte le gusta gastar bromas y hará lo imposible para coger a uno descuidado. La inteligencia, la cordura y el valor siempre deben estar a punto, incluso la belleza, porque si se confía se hundirá. Cuanto más cuidado se necesita menos se tiene: no pensar es una zancadilla para fracasar. Suele ser una táctica de los cautelosos examinar rigurosamente nuestras cualidades en un momento de descuido. Conocen los mejores días y los excluyen con astucia; pero el día que menos se espera es el día de la prueba.

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Soportar las bromas, pero no gastarlas.
Lo primero es generosidad y lo segundo un compromiso. Quien con bromas se ofende demuestra ser muy animal. Las buenas bromas agradan. Soportarlas es señal de tener capacidad. El que se pica da pie al repique. Hay que dejar las bromas en lo mejor y lo más conveniente es no iniciarlas. Los mayores problemas siempre han nacido de las bromas. No hay nada que necesite más atención y habilidad: hay que saber, antes de empezar, hasta dónde podrá aguantar cada uno.

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Saber usar la verdad.
La verdad es peligrosa pero el hombre de bien no puede dejar de decirla. Para eso se necesita arte. Los diestros médicos del ánimo inventaron el modo de endulzar la verdad, pues cuando saca de un engaño es la amargura quintaesenciada. Aquí sirven los buenos modos: con una misma verdad uno adula y otro incomoda. Es mejor hablar a los presentes con ejemplos del pasado. Con el buen entendedor no hace falta ser muy explícito: en cuanto entienda, no más palabras. Las curas amargas no son para los príncipes: hay que dorarles la verdad con arte.

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No padecer la enfermedad del necio.
Normalmente los sabios sufren por falta de malicia y los necios, al contrario, por demasiados consejos. La enfermedad del necio es pensar de más. Unos sufren porque sienten y otros disfrutan porque no sienten. Unos son necios porque nada les preocupa y otros porque sufren por todo. Es necio el que padece por sentir demasiado. Así que unos sufren por una inteligencia muy sensible y otros disfrutan por la ausencia de ella. Pero, aunque muchos padecen la enfermedad del necio, pocos necios mueren.

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Tener algo que desear, para no ser felizmente desgraciado.
El cuerpo respira y el espíritu aspira. Si todo se reduce a poseer, sólo habrá decepción y descontento. Hasta para la inteligencia siempre debe quedar algo que aprender, algo en que se cebe la curiosidad. Se vive de esperanza: los excesos de felicidad son mortales. Lo hábil es premiar sin saciar. Si no hay nada que desear se teme todo: felicidad infeliz. Donde termina el deseo comienza el temor.

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El hombre pacífico tiene larga vida.
Para vivir hay que dejar vivir. Los pacíficos no sólo viven, reinan. Hay que oír, ver y callar. Un día sin discusión es una noche de sueño. Vivir mucho y vivir con gusto es vivir por dos: es el fruto de la paz. Lo tiene todo quien no se preocupa de lo que no le importa. No hay mayor error que tomarlo todo en serio. También es una necedad que un asunto traspase el corazón a quien no le concierne y que ni siquiera roce a quien le importa.

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No vivir deprisa.
Saber distribuir las cosas es saberlas disfrutar. A muchos les sobra la vida y se les acaba la felicidad. Estos no disfrutan de las alegrías, sino que las malogran. Cuando se ven tan adelante en la vida, les gustaría volver atrás. Son postillones de la vida que suman al natural paso del tiempo su propia precipitación. Querrían devorar en un día lo que apenas podrán digerir en toda la vida. Viven las dichas apresuradamente, se comen los años por venir, y como van con tanta prisa pronto acaban con todo. Incluso en el deseo de saber debe haber medida, para no saber las cosas mal sabidas. Hay más días que dichas. Despacio al disfrutar y deprisa al actuar. Las acciones bien están una vez hechas; las alegrías mal, una vez acabadas.

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No ser de cristal en el trato con los demás.
Y menos con los amigos. Algunos se quiebran con gran facilidad, descubriendo así su poca consistencia. Éstos se ofenden con facilidad y enfadan a los demás. Son más sensibles que las niñas de los ojos, pues no se dejan tocar ni en broma ni en serio. Les molestan las motas, sin necesidad ya de calumnias. Quienes los tratan deben ir con mucho tiento cuidando siempre su susceptibilidad. Les llevan el aire porque el más leve desaire les molesta. Éstos son normalmente muy suyos, egoístas que nada respetan, idólatras de su negra honrilla. El que ama tiene la mitad de diamante por su duración y resistencia.

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